Primero, la gente

Icon

Just another WordPress.com weblog

Tomarse las cosas en serio

Hace casi treinta años Sánchez Ferlosio publicó una serie de artículos en El País (que más tarde recogió bajo el título ‘Eisenhower y la moral ecuménica’), en los que comentaba cómo las insobornables exigencias morales de ciertos personajes negaban la existencia de un espacio común en el que se pudiera descansar de la defensa de la Causa. La anécdota inicial que sirve de pretexto a las extravagantes digresiones de Ferlosio es la siguiente:

Cuando a Eisenhower se le sugirió que, siguiendo un uso tradicional de cortesía militar, aceptase la visita del general Von Arnim, que pasaba, prisionero, por Argel, rechazó horrorizado semejante idea, como una pervivencia de barbarie. Aceptar una visita así, aun como un simple protocolo caballeresco, significaba poner, siquiera formalmente, entre paréntesis la enemistad y, por tanto, reconocer implícitamente un plano de relación humana que quedaba fuera, por encima y a salvo del alcance de la guerra misma; un plano en que, dejando en suspenso las razones de esta, se hacía virtualmente superior a ellas y, consiguientemente, las relativizaba. Y esta era justamente la representación que el puritano sentimiento moral de Eisenhower no podía ni por un solo instante soportar; la posibilidad, ni aun como piadosa ficción ceremonial, de algún orden de valores o algún estrato humano, de la índole que fuere, que estuviese por encima de la Causa por la que combatía“.

A uno le tranquiliza ver cómo los políticos, después de haberse despellejado en el parlamento, son capaces de irse de copas por ahí dejando de lado sus bullas y rifirrafes, porque es como si dijeran: “Bueno, hombre, hemos hecho el paripé, hemos defendido lo nuestro, pero ahora nos hemos quitado la máscara y somos gente razonable y normal, y nos tomamos un gin-tonic, el mío de Citadelle”. Es decir, que la pelea era solo un juego, jugado con seriedad, como decía Platón, con sus reglas y sus obligaciones, pero que sus enemistades no eran reales, la vida es otra cosa. Por eso es un problema que las peleas continúen off the record, porque significa que la riña es de verdad, que no hay máscara y que nuestra Causa exige una Victoria casi escatológica.

Veía el otro día, en una de las sala de profesores, cómo algunos compañeros se tomaban su labor con celo misionero (“un dos con cuarenta y uno, así que le pongo un dos, es que no se esfuerza lo suficiente…”), con perfecta seriedad de quien sabe que está en el lado de los buenos; y yo no quiero ser así, esto no es más que un juego, señores, uno no puede ser tan serio y comportarse con esa prosopopeya sin caer en el ridículo, para mí la de profesor es solo una ficción que se acaba cuando dejo de hablar del sintagma y tengo que tratar con gente de verdad, aunque sea adolescente. El mío también de Citadelle, por favor.

Archivado bajo:Educación

Runrún

Por el momento es solo eso, un runrún. Pero como veo que últimamente me he convertido en un Calcante de la red (ὃς ᾔδη τά τ᾽ ἐόντα τά τ᾽ ἐσσόμενα πρό τ᾽ ἐόντα), recojo uno de los debates más interesantes que nos acechan; todavía no es dominante, pero asoma, y ya se han puesto algunas condiciones para que pueda producirse sin paroxismos ni demostraciones de histeria. Primero fue Vargas Llosa, y el otro día un artículo póstumo de Tomás Eloy Martínez (fenomenal escritor), pero no solo; también tiene algo que ver el espanto con que uno ve la desasosegante The wire o lee el aún más tremebundo El poder del perro.

Aunque sin buscarlo, la guerra que el presidente de México Felipe Calderón ha declarado al narcotráfico puede realmente estar bien encaminada. No porque vaya a triunfar, que no (es imposible; o peor, absurdo, como dice un personaje de El ruido y la furia: “Porque nunca se gana una batalla dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles” perdón por la digresión, empiezo a parecerme a Sánchez Ferlosio), sino por una confusión de categorías; ocurre lo mismo en Afganistán. Ni allí, ni lo que ha desatado Calderón, es una guerra. Uno se imagina una guerra como algo que sucede entre prusianos y tropas napoleónicas, con cañones y alabardas, pero no procede en las presentes circunstancias. La droga, igual que la mafia, es un cáncer: no es un ataque de agentes exteriores, sino el eretismo de alguna facultad del propio cuerpo.

Así pues, Calderón puede conseguir algo inimaginable; su catastrófica derrota, la humillación del estado frente al narco puede que facilite un debate sobre la despenalización de las drogas sin los pesados prejuicios que lastran habitualmente la discusión. Bastaría echar un vistazo a la historia de la prohibición para comprobar su sinsentido, cómo se ha alentado y asumido una fabulosa imaginería de la droga que nutre espléndidamente los miedos freudianos del personal.

Pero bueno, por ahora es solo un runrún.

Archivado bajo:Actualidad, Política

Humanidades (y 2)

Pues no. Y la refutación de este sofisma es bastante sencilla: recuérdese que Weimar fue la época dorada de la Altertumswissenschaft, y que quienes se educaron así, declarados herederos del espíritu griego y devotos de Bayreuth, fueron también los actores principales de la Kristallnacht (cómo pudo suceder esto lo explica muy bien Rosa Sala Rose en El misterioso caso alemán). Y que conste que el estudiante de un Gymnasium de entreguerras sabría probablemente más de Píndaro que su equivalente universitario de ahora.

No hace falta, sin embargo, acudir a los extremos. El trato habitual con las expresiones más reconocibles de la cultura no mejora a nadie, porque la fibra moral de una población no depende de su familiaridad con Homero o con Bach. Y aunque reconozco que a mí me daría mucha pena que desaparecieran los estudios clásicos, creo que tampoco se perdería tanto (y por supuesto, no significaría el final de la civilización). De hecho, creo que la filología solo tiene sentido como producto de ostentación lujosa (el ejemplo ya lo ponía Veblen) o como fuente de placer académico (no es un oxímoron, no), y que la ‘cultura’ (si es que existe algo así en alguna parte que no sea el título de ciertos libros sobre “lo 500 libros/óperas/películas/… que debe usted leer antes de morir”) no actúa ex opere operato. Creo que ya lo he dicho en otro momento, pero los filólogos, en su recóndito y pervertido fuero interno, no quieren que la gente se inmiscuya en sus cosillas.

Archivado bajo:Altertumswissenschaft

Humanidades (1)

No sé si recordaréis la absurda polémica que surgió hace unos años, justo cuando comenzó a hablarse de una eventual reforma educativa (era ministra Pilar del Castillo), sobre la enseñanza de las humanidades. El nivel del debate no fue muy brillante, sobre todo porque nunca llegó a hablarse de humanidades, sino de identidades y de cosas así, como muy pintorescas.

Ha surgido recientemente en el Reino Unido una polémica similar, pero en serio. Resulta que la HEFCE, que es el organismo estatal encargado de financiar la investigación universitaria, ha diseñado una programa para la evaluar la excelencia investigadora (Research Excelence Framework) según unos determinados índices de impacto (hasta ahí, nada nuevo; para mí que eso ya existe en España. Cosa distinta será si se cumple, y cómo). Y ahí comienza el problema: esos criterios pretender ser, como no podía ocurrir de otra forma, objetivos, y premiarán “aquellos estudios que ofrezcan beneficios demostrables a la economía, la sociedad, las políticas públicas, la cultura o la calidad de vida” (perdón por la traducción, pero me temo que la prosa del documento tampoco es muy fina). Y claro, se ha liado una gorda, porque, ¿qué beneficios van a demostrar los cientos de investigadores que se pasan la vida estudiando el léxico de Aristófanes, o el campo semántico del dolor en los poetas metafísicos ingleses? Os lo digo yo: ninguno. Y no lo van a hacer por la sencilla razón de que ese beneficio no existe.

Inmediatamente surgieron, en las revistas (anglosajonas) del ramo, voces solventes (por lo menos para mí: Stefan Collini en el TLS, Mary Beard en su gran blog; podéis leer un resumen en el artículo del THE) que arremeten, con truismos y argumentos apodícticos, además de con la vehemencia propia de estos casos, contra el programa de marras. Y todo para concluir que, efectivamente, el impacto de los estudios humanísticos, tal y como se conciben en la actualidad, es cero. Y luego vienen las justificaciones del valor inmaterial del conocimiento, que si es el signo de nuestra civilización y el adorno de la sociedad, la cifra de nuestras virtudes, el emblema de la universidad y otras enormidades del estilo.

Archivado bajo:Uncategorized

Naturalezas muertas

Mejor que bodegones, que suena más a morapio o a comilona indigesta entre gente glotona y fiera. Antes no me gustaban mucho; me parecían juegos virtuosos, mudas exhibiciones de una técnica maravillosa, pero nunca me había parado a mirarlos con despacio (que decían en mi casa y que yo suponía incorrecto, pero la Academia nunca deja de sorprender). Cosas de la edad, creo, ahora los veo con otros ojos: después de leer un artículo sobre una exposición de Luis Meléndez en Washington, resulta que ahora me parecen imágenes de tranquilidad, una forma de ver la vida sin pretensiones ni sobresaltos, un poco garbancera, la verdad, pero amable y cotidiana. El mensaje de los fondos oscuros, de la efímera exuberancia carnal de alimentos cervantinos (panes, higos, melones, caza…) es simple y sugerente, y nada metafísico. Son una alternativa alegre y epicúrea de las casi coetáneas vanitates. Y bien espléndida, por cierto, incluso en nuestra actualidad de sobras y excedentes. No deja de intuirse, sin embargo, cierta angustia barroca por la subsistencia (aunque Meléndez vivió en el siglo XVIII), y los cuadros parecen querer compensar esa laceria con la espectacularidad de las formas representadas. La moraleja de las calaveras (in ictu oculi y todo eso) es la misma, pero los melones son, sin duda, mucho menos deprimentes.

Archivado bajo:Cuadros

RTVE

Todos los políticos dan por descontado que sus escándalos y desafueros acabarán siendo olvidados al cabo de poco tiempo por la masa electoral. Saben lo que hacen, conocen a la gente, porque eso es exactamente lo que pasa: uno está demasiado abrumado por las urgencias propias como para preocuparse seriamente de lo que hacen los señores del traje. Animan, pero nadie pierde el sueño por el caso Gürtel (aparte de los implicados, que tampoco; bueno, esos, los que menos): a lo sumo, sirve para tener algo de lo que hablar en la oficina.

Es cierto que esta amnesia fastidia un poco, no por el hecho mismo del olvido, sino por el cinismo del razonamiento: “como nadie se va a acordar de esto, ¡hala!”. Y uno se jura que no, que eso sí que no lo olvida, aunque sea por chinchar. Bueno, quizás la memoria lo haya distorsionado, pero para mí que en los últimos años del aznarato asistimos a niveles insufribles de manipulación del ente (DRAE 3. Sujeto ridículo o extravagante): igual soy yo, ¿eh?, pero la verdad es que, como soy un tío de costumbres, llevo casi veinte años escuchando, en exclusiva (como en el anuncio del Cola-Cao) Radio Nacional, y todavía me acuerdo de aquellas tertulias matinales, versiones avant la lettre del debate político de La Noria. Se me dirá que lo mismo sucede ahora en los pesebres autonómicos: cierto, y peor. Pero a lo que voy es que el otro día, antes de que apareciera la columna de Enric González que confirmaba que estoy en lo cierto (para mí, lo que dice Enric González va a misa), comentaba yo con unos amigos que  incluso puede verse la tele pública sin sentirse uno ofendido: no es la BBC, pero puede verse, y eso, en mi opinión, es una de las mejores cosas que ha hecho el gobierno, y casi nadie lo menciona. Hay margen de mejora, pero bueno, se va conquistando la dignidad, que no es moco de pavo. Ahora solo falta que empiecen a criticar al gobierno, y ya sería la repanocha.

Archivado bajo:Actualidad, Televisión

Beatus ille

Estaba el otro día viendo España Directo (“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”) mientras cocinaban unos garbanzos con níscalos, y me dio por pensar en un la vida horaciana que me gustaría llevar y que nunca llevaré, y me repetía a mí mismo (con esa voz interior que me recuerda a la que susurraba las tentaciones a San Agustín, tirándole de la ropa, sugiriéndole cochinadas) que mi vida podría ser perfecta si me dedicara solo a cocinar lo que mi hermano me trajera de la huerta; y me imaginaba a mí mismo entre fogones, sin preocuparme de nada, terminando de comer los garbanzos con robellones, un café y un poquito de licor, y leyendo a Virgilio al atardecer antes de salir a pasear por el monte, sin trabajar, ¡sin trabajar!, solo mi blog, como fray Luis, ¡ay!… Y todo sería tan fácil, sería tan fácil dejarlo todo y entregarme al huerto de mi mano plantado (como me oiga mi hermano me tunde), traduciendo las Églogas, cual moderno Nemoroso… En fin, menos mal que la visión de España Directo me devolvió a la realidad. Me invitó mi hermano a ir por hongos y le dije que no, que igual se me manchaba el descapotable.

garden_eden-772758

Archivado bajo:Manías

ὝΒΡΙΣ

Es lo que tiene no leer a los clásicos, que luego uno mete la pata. Para mí que en Valencia no los frecuentan, porque habrían advertido antes el sesgo dramático (sobre todo para algunos) que tomaban los acontecimientos y habrían podido adaptar el gesto a las circunstancias, que ni eso.

Una de las primeras cosas que aprende uno de la tragedia griega es que sus personajes a menudo ven nublado su entendimiento, su criterio moral (en definitiva, su capacidad para discernir cómo hay que actuar en cada momento), por una especie de ceguera que les impide reconocer el curso de acción superior. Los personajes no suelen cometer un error de juicio, es decir, no son malos; simplemente dejan de ver. Esta obcecación, que suele recibir el nombre de Ate (aunque la traducción no es del todo exacta; ἄτη significa más bien ‘daño’, ‘ruina’ y de ella se dice, en un el canto 19 de la Ilíada, en uno de los versos más bonitos del poema, que ’sus pies son delicados y no los posa en el suelo, sino que camina sobre las cabezas de los hombres’ [τῇ μέν θ᾽ ἁπαλοὶ πόδες: οὐ γὰρ ἐπ᾽ οὔδει / πίλναται, ἀλλ᾽ ἄρα ἥ γεκατ᾽ἀνδρῶν κράατα βαίνει ]) suele explicarse como una consecuencia de la desmesura (ὕϐρις), de no haber sabido aceptar la naturaleza del ser humano (limitada, miserable, efímera) y aspirar a una felicidad que no está a su alcance.

Para mí que llega un momento en que los políticos han perdido de tal manera el contacto con la realidad que acusan un síndrome parecido: es decir, no se dan cuenta de cosas obvias, y acaban haciendo el ridículo. Cuando Ricardo Costa apareció leyendo su famoso comunicado, yo decía: “Pero, ¿este hombre no se da cuenta de lo que hace? ¿No se da cuenta de que no puede hacer eso? ¿Y de que además no le va a servir de nada, porque se lo van a cargar?” Ahora que seguro que va a tener más tiempo para leer, que empiece por Sófocles: si no fuera por el tono esperpéntico y chusco del asunto, daría bien el perfil de un torturado Ayante.

Archivado bajo:Actualidad, Altertumswissenschaft, Política

Inmunidades

Ya me extrañó el otro día la noticia de El País sobre la constitucionalidad del laudo Alfano, pero dije: “igual no se han dado cuenta”. Era el tono, más que nada, pero uno notaba el escándalo que provocaba en el periodista (y al parecer, en toda la redacción) el hecho de que Berlusconi pretendiera escapar por fas o por nefas de sus laberintos procesales. Lo que me molesta del caso no es que se critique el oportunismo y la maquiavélica caradura de este señor, sino el motivo del escándalo; me parecía oír la voz del periódico: “¡La igualdaaad ante la ley! Pero, ¿cómo se atreve a discutir que todos somos iguales ante la leeeeeey? Habrase visto, este Berlusconi…”. No se trata ya de algo tan antiguo como la sentencia que Plutarco atribuye a Anacarsis en la Vida de Solón:

Supo esto Anacarsis, y se rio del cuidado de Solón y de que pudiera pensar que contendría las injusticias y codicias de los ciudadanos con los vínculos de las leyes, que decía no se diferenciaban de las telas de araña, sino que, como estas, enredaban y detenían a los débiles y flacos que con ellas chocaban, pero eran despedazadas por los poderosos y los ricos

que a estas alturas es un truismo, sino del hecho que aquí ya existe algo como lo que pretende Berlusconi, y nadie dice nada (bueno, nadie no, que he encontrado varias coincidencias con este post): véase el artículo 71 de la Constitución Española (para los parlamentarios nacionales) y sobre todo el 56.3  de la misma norma (para el rey), que hace irresponsable a nuestro jefe de estado. ¡I-rres-pon-sa-ble! Pero, claro, Berlusconi es un payaso y está muy bien meterse con él: mira que discutir la igualdad ante la ley… ¿A quién se le ocurre?

Archivado bajo:Actualidad, Justicia, Política

Die Entdeckung des Geistes

No os asustéis por el trabalenguas: no es más que el título original de El descubrimiento del espíritu, el libro más conocido de Bruno Snell, publicado ahora por Acantilado. Seguramente no sabréis quién es Bruno Snell, y nadie os va a culpar por ello, de verdad: os iba a poner un enlace a la Wikipedia, pero no existe la entrada, ni en castellano ni en inglés (aquí está en alemán). La versión corta dice que fue uno de los scholars alemanes más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX, que es mucho decir, y que a él se le debe la mejor edición de Píndaro hasta la fecha o la redacción del Lexicon des frühgriechischen Epos en el que todos, imagino, estaréis interesados (por si acaso, no vayáis a las tiendas a reservarlo).

Lo estoy leyendo ahora (El descubrimiento del…), deshonrosa confesión de quien se supone aficionado a las cosas de la Antigüedad; uno no tendría que haber esperado a que apareciera la edición española del libro, pero mi alemán no va más allá de Schadenfreude y Apfelstrudel, así que en ello estoy ahora. Y descubro, para mi pasmo, que ningún filólogo escribe en la actualidad nada ni remotamente tan interesante como este libro. Si estáis acostumbrados a la bibliografía especializada, sabréis que los textos (libros y artículos) de una disciplina no solo son un pestiño insufrible por su erudición e irrelevantes desde cualquier punto de vista, sino que además están escritos en una extraña jerga que habría que llamar ‘universitario’, lingua franca de la Academia ( “Y tú, ¿hablas universitario?”) y vicio pertinaz del que uno tarda en curarse.

Estos señores sabían tanto que no tenían que demostrarlo en cada nota. Y así tenían tiempo para sacar conclusiones y exponer ideas; ideas que también se pueden aplicar a nuestro tiempo, ultima ratio del estudio de los clásicos: decidir bien ahora, ser mejores y más sabios.

Archivado bajo:Altertumswissenschaft, Libros