Octubre 30, 2009 • 10:25 pm
Todos los políticos dan por descontado que sus escándalos y desafueros acabarán siendo olvidados al cabo de poco tiempo por la masa electoral. Saben lo que hacen, conocen a la gente, porque eso es exactamente lo que pasa: uno está demasiado abrumado por las urgencias propias como para preocuparse seriamente de lo que hacen los señores del traje. Animan, pero nadie pierde el sueño por el caso Gürtel (aparte de los implicados, que tampoco; bueno, esos, los que menos): a lo sumo, sirve para tener algo de lo que hablar en la oficina.
Es cierto que esta amnesia fastidia un poco, no por el hecho mismo del olvido, sino por el cinismo del razonamiento: “como nadie se va a acordar de esto, ¡hala!”. Y uno se jura que no, que eso sí que no lo olvida, aunque sea por chinchar. Bueno, quizás la memoria lo haya distorsionado, pero para mí que en los últimos años del aznarato asistimos a niveles insufribles de manipulación del ente (DRAE 3. Sujeto ridículo o extravagante): igual soy yo, ¿eh?, pero la verdad es que, como soy un tío de costumbres, llevo casi veinte años escuchando, en exclusiva (como en el anuncio del Cola-Cao) Radio Nacional, y todavía me acuerdo de aquellas matinales, versiones avant la lettre del debate político de La Noria. Se me dirá que lo mismo sucede ahora en los pesebres autonómicos: cierto, y peor. Pero a lo que voy es que el otro día, antes de que apareciera la columna de Enric González que confirmaba que estoy en lo cierto (para mí, lo que dice Enric González va a misa), comentaba yo con unos amigos que incluso puede verse la tele pública sin sentirse uno ofendido: no es la BBC, pero puede verse, y eso, en mi opinión, es una de las mejores cosas que ha hecho el gobierno, y casi nadie lo menciona. Hay margen de mejora, pero bueno, se va conquistando la dignidad, que no es moco de pavo. Ahora solo falta que empiecen a criticar al gobierno, y ya sería la repanocha.
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Octubre 22, 2009 • 11:01 pm
Estaba el otro día viendo España Directo (“por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”) mientras cocinaban unos garbanzos con níscalos, y me dio por pensar en un la vida horaciana que me gustaría llevar y que nunca llevaré, y me repetía a mí mismo (con esa voz interior que me recuerda a la que susurraba las tentaciones a San Agustín, tirándole de la ropa, sugiriéndole cochinadas) que mi vida podría ser perfecta si me dedicara solo a cocinar lo que mi hermano me trajera de la huerta; y me imaginaba a mí mismo entre fogones, sin preocuparme de nada, terminando de comer los garbanzos con robellones, un café y un poquito de licor, y leyendo a Virgilio al atardecer antes de salir a pasear por el monte, sin trabajar, ¡sin trabajar!, solo mi blog, como fray Luis, ¡ay!… Y todo sería tan fácil, sería tan fácil dejarlo todo y entregarme al huerto de mi mano plantado (como me oiga mi hermano me tunde), traduciendo las Églogas, cual moderno Nemoroso… En fin, menos mal que la visión de España Directo me devolvió a la realidad. Me invitó mi hermano a ir por hongos y le dije que no, que igual se me manchaba el descapotable.

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Octubre 18, 2009 • 11:10 pm
Es lo que tiene no leer a los clásicos, que luego uno mete la pata. Para mí que en Valencia no los frecuentan, porque habrían advertido antes el sesgo dramático (sobre todo para algunos) que tomaban los acontecimientos y habrían podido adaptar el gesto a las circunstancias, que ni eso.
Una de las primeras cosas que aprende uno de la tragedia griega es que sus personajes a menudo ven nublado su entendimiento, su criterio moral (en definitiva, su capacidad para discernir cómo hay que actuar en cada momento), por una especie de ceguera que les impide reconocer el curso de acción superior. Los personajes no suelen cometer un error de juicio, es decir, no son malos; simplemente dejan de ver. Esta obcecación, que suele recibir el nombre de Ate (aunque la traducción no es del todo exacta; ἄτη significa más bien ‘daño’, ‘ruina’ y de ella se dice, en un el canto 19 de la Ilíada, en uno de los versos más bonitos del poema, que ’sus pies son delicados y no los posa en el suelo, sino que camina sobre las cabezas de los hombres’ [τῇ μέν θ᾽ ἁπαλοὶ πόδες: οὐ γὰρ ἐπ᾽ οὔδει / πίλναται, ἀλλ᾽ ἄρα ἥ γεκατ᾽ἀνδρῶν κράατα βαίνει ]) suele explicarse como una consecuencia de la desmesura (ὕϐρις), de no haber sabido aceptar la naturaleza del ser humano (limitada, miserable, efímera) y aspirar a una felicidad que no está a su alcance.
Para mí que llega un momento en que los políticos han perdido de tal manera el contacto con la realidad que acusan un síndrome parecido: es decir, no se dan cuenta de cosas obvias, y acaban haciendo el ridículo. Cuando Ricardo Costa apareció leyendo su famoso comunicado, yo decía: “Pero, ¿este hombre no se da cuenta de lo que hace? ¿No se da cuenta de que no puede hacer eso? ¿Y de que además no le va a servir de nada, porque se lo van a cargar?” Ahora que seguro que va a tener más tiempo para leer, que empiece por Sófocles: si no fuera por el tono esperpéntico y chusco del asunto, daría bien el perfil de un torturado Ayante.
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Octubre 8, 2009 • 9:53 pm
Ya me extrañó el otro día la noticia de El País sobre la constitucionalidad del laudo Alfano, pero dije: “igual no se han dado cuenta”. Era el tono, más que nada, pero uno notaba el escándalo que provocaba en el periodista (y al parecer, en toda la redacción) el hecho de que Berlusconi pretendiera escapar por fas o por nefas de sus laberintos procesales. Lo que me molesta del caso no es que se critique el oportunismo y la maquiavélica caradura de este señor, sino el motivo del escándalo; me parecía oír la voz del periódico: “¡La igualdaaad ante la ley! Pero, ¿cómo se atreve a discutir que todos somos iguales ante la leeeeeey? Habrase visto, este Berlusconi…”. No se trata ya de algo tan antiguo como la sentencia que Plutarco atribuye a Anacarsis en la Vida de Solón:
Supo esto Anacarsis, y se rio del cuidado de Solón y de que pudiera pensar que contendría las injusticias y codicias de los ciudadanos con los vínculos de las leyes, que decía no se diferenciaban de las telas de araña, sino que, como estas, enredaban y detenían a los débiles y flacos que con ellas chocaban, pero eran despedazadas por los poderosos y los ricos
que a estas alturas es un truismo, sino del hecho que aquí ya existe algo como lo que pretende Berlusconi, y nadie dice nada (bueno, nadie no, que he encontrado varias coincidencias con este post): véase el artículo 71 de la Constitución Española (para los parlamentarios nacionales) y sobre todo el 56.3 de la misma norma (para el rey), que hace irresponsable a nuestro jefe de estado. ¡I-rres-pon-sa-ble! Pero, claro, Berlusconi es un payaso y está muy bien meterse con él: mira que discutir la igualdad ante la ley… ¿A quién se le ocurre?
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Octubre 6, 2009 • 9:38 pm
No os asustéis por el trabalenguas: no es más que el título original de El descubrimiento del espíritu, el libro más conocido de Bruno Snell, publicado ahora por Acantilado. Seguramente no sabréis quién es Bruno Snell, y nadie os va a culpar por ello, de verdad: os iba a poner un enlace a la Wikipedia, pero no existe la entrada, ni en castellano ni en inglés (aquí está en alemán). La versión corta dice que fue uno de los scholars alemanes más reconocidos de la segunda mitad del siglo XX, que es mucho decir, y que a él se le debe la mejor edición de Píndaro hasta la fecha o la redacción del Lexicon des frühgriechischen Epos en el que todos, imagino, estaréis interesados (por si acaso, no vayáis a las tiendas a reservarlo).
Lo estoy leyendo ahora (El descubrimiento del…), deshonrosa confesión de quien se supone aficionado a las cosas de la Antigüedad; uno no tendría que haber esperado a que apareciera la edición española del libro, pero mi alemán no va más allá de Schadenfreude y Apfelstrudel, así que en ello estoy ahora. Y descubro, para mi pasmo, que ningún filólogo escribe en la actualidad nada ni remotamente tan interesante como este libro. Si estáis acostumbrados a la bibliografía especializada, sabréis que los textos (libros y artículos) de una disciplina no solo son un pestiño insufrible por su erudición e irrelevantes desde cualquier punto de vista, sino que además están escritos en una extraña jerga que habría que llamar ‘universitario’, lingua franca de la Academia ( “Y tú, ¿hablas universitario?”) y vicio pertinaz del que uno tarda en curarse.
Estos señores sabían tanto que no tenían que demostrarlo en cada nota. Y así tenían tiempo para sacar conclusiones y exponer ideas; ideas que también se pueden aplicar a nuestro tiempo, ultima ratio del estudio de los clásicos: decidir bien ahora, ser mejores y más sabios.
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Septiembre 29, 2009 • 9:32 pm
Uno sospecha que cuando el protagonista de una serie española se queda callado es porque se le ha estropeado el teleprompter. Pero hay series en las que los actores no parecen idiotas cuando dejan de hablar. Si no fuera por la dimensión trágica de su protagonista, Mad men (para los que no la conozcáis, os incluyo un enlace a la página oficial [en inglés, aquí]) sería una versión chic y desencantada de Aquellos maravillosos años, un estudio sociológico sobre cuánto han cambiado las cosas en pocas décadas aliñado con cierto Weltschmerz cheeveriano (perdón, perdón, traduzco: ‘con el toque melancólico de los cuentos de Cheever’). No lo es gracias a la maravillosa presencia de Don Draper (John Hamm). El espectador, que conoce el secreto de Draper (tranquilos, no hay spoiler) intuye su soledad inconsolable (me encanta el último capítulo de la primera temporada, del que podéis ver 3 minutos en Youtube) y su condición de inadaptado, y siempre se pregunta en qué está pensando cuando se queda en silencio. Un héroe shakespeariano de nuestro tiempo.
Estoy viendo la segunda temporada en DVD; los primeros capítulos no tienen el encanto de la primera, pero llegó el undécimo (“The Jet Set”) y volví a sentir la fascinación original por la serie. De nuevo se hace evidente el extrañamiento de Don Draper ante el mundo, su deseo irrefrenable de huir, su tendencia compulsiva al desastre, y todo aderezado con el fatal allure de la arrebaradora Laura Ramsey. Vedla, por favor.

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Septiembre 21, 2009 • 10:27 pm
Me encantan los libros. Me gusta acumularlos irracionalmente, a pesar de que nunca voy a poder ojear, aunque sea perfunctoriamente, mi platónico βίβλων ὅμαδος (que tampoco es la biblioteca del Congreso, vamos): no es eso, no es eso. En general, se equivoca quien piensa que uno se compra libros para leerlos; y si no, que lea mi post del 1 de septiembre; es una parafilia como otra cualquiera que no molesta a nadie, aunque todavía no esté registrada en el DSM IV.
Y cuando digo que me gustan los libros, hablo del formato tradicional, del códice de siempre, y no de los chismes que los van a borrar del mapa en un futuro muy cercano. ¡Ay, amigos!, pero es que lo que sucede habitualmente en los colegios no es normal, y está más cerca del Síndrome de Diógenes, que tampoco está en el DSM IV, que de otros vicios igualmente respetables pero menos literarios. No es amor a los libros, no, es mera cochambre. Así que me he convertido, como dijo Oppenheimer citando el Bhagavad-Guitá, no en “la Muerte, Destructora de mundos”, sino en “Edgar, destructor de libros”. La clave para erradicar el remordimiento, como Lady Macbeth (I, 5, “stop up etc.”), es pensar que el sitio que ocupan los volúmenes expurgados (odiosa palabra, cierto) es espacio que se hurta a otros más útiles. Por cierto, este repentino fetichismo bibliográfico no tiene demasiada solera, porque la literatura, en sus inicios, siempre ha sido algo oral, y eso suele olvidarse con facilidad. Así que si es solo para acumular polvo, ¡a la hoguera con ellos (o al contenedor de reciclaje)!
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Septiembre 16, 2009 • 10:41 pm
Confieso que mi asistencia a misa es ocasional (bodas y funerales) y que, debido a mi ignorancia de la liturgia, no puedo pronunciarme con autoridad, así que quedaré como un imbécil, pero para mí que, cuando era niño, todo el mundo sabía cuándo había que ponerse de pie y cuándo había que sentarse. Bueno, pues ya no. Ahora solo observo amagos, titubeos y miraditas al vecino, gente que se queda de pie cuando otros siguen sentados, otros que se ponen de rodillas cuando algunos se levantan, y una gran mayoría que se queda a la expectativa y hace lo de Vicente (o lo de las parroquianas más venerables). A nadie le gusta esa sensación de desconcierto, y la Iglesia debería tomar cartas en el asunto: ya que somos un rebaño, exijo directrices precisas. Así, como recomendación (aunque imagino que los órdenes del día de la Conferencia Episcopal no entrarán en estas bagatelas), yo les pediría a los curas que dieran breves indicaciones de cuándo toca hacer cada cosa, como los regidores en los programas de la tele. Queda mucho mejor, más que nada por una cuestión de coordinación. Y si la respuesta es que cada uno haga lo que quiera, pues eso, que cada uno haga lo que quiera.
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Septiembre 11, 2009 • 10:38 pm
Fascina la perseverancia de ciertos individuos que todavía se empeñan en escribir libros con soluciones para la educación, como si fuera un sudoku. Yo no es que no tenga soluciones, es que ni siquiera sería capaz de hacer un diagnóstico exacto de dónde nos encontramos. Para mí que no estamos tan mal. Pero cuando aparecen en la conversación engendros como disciplina, autoridad o exigencia, sé inmediatamente que no nos vamos a entender. ¿Qué significa eso de la exigencia? ¿Hacer que los alumnos se aprendan de memoria masas de información disparatada? Yo diría que eso es comodidad, pero bueno… El argumento en sí no deja de tener su peso, aunque me hace sospechar que siempre sean los mismos los que lo sacan a relucir.
Y no es una cuestión de ordenadores, ¿eh? A mí me gustaría dar clases, no sé, sin obligaciones, sin el presión de los programas o lo horarios o los currículos o las administraciones educativas: intentar que mis alumnos tuvieran un interés por saber cómo son las cosas, una curiosidad como la de los antiguos griegos. Claro, eso no cabe en un programa convencional; ni estamos en Grecia en el siglo V, ni soy Sócrates, ni mis alumnos Alcibíades (¡menos mal!).
Pero lo que sí que no soporto de ninguna manera es tener que evaluar a nadie, ateniéndome al evangélico e insondable “nolite iudicare”. Somos profesores, no jueces, y nuestro trabajo es enseñar. De otro modo, la nota acaba convirtiéndose en Ersatz del alumno, borrando todo lo que no es el número, y eso no está bien. Ya digo que será necesario, y los buenos profesores no tendrán problemas para puntuar, pero a mí no me gusta. De ahí lo del título.
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Septiembre 1, 2009 • 10:12 pm
No he estado nunca allí, pero seguro que es más feo de lo que uno se imagina por sus representaciones. En la vetusta (pero magnífica) Historia del Arte de Salvat, de la que proceden prácticamente todos mis conocimientos sobre corrientes y grupos artísticos (mis fuentes son escasas y poco fiables), se decía que la Vista de Delft, de Vermeer, era el cuadro preferido de Proust, y desde entonces lo miré con otros ojos, porque prima facie el cuadro no tiene nada de especial (bueno, recuerdo que una glosa al margen decía que se podía leer la hora en el campanario del fondo. Malamente, decía yo; quizás en el museo, y de más cerca):

El caso es que ahora que me ha dado por las acuarelas, he descubierto que en la gama colores de Schmincke hay un azul que se llama así, azul de Delft, y me pareció muy bonito, como otros nombres que también te hacen viajar (viajes cromáticos, habría que llamarlos), como el amarillo de Nápoles (que, aunque parezca mentira, te recuerda de verdad a Nápoles), o el azul de París. Como en otras cosas, las aficiones acaban reflejando tendencias compulsivas, y yo he acabado comprando los colores solo por el nombre: me encantan el azul phtalo, el verde de Hooker, el verde primavera o el goma guta moderna (¿?), además de los tradicionales gris Payne, siena tostado, azul ultramar…
Siempre me ha perseguido una versión algo tosca de la neurosis freudiana que sostenía la omnipotencia de las ideas, que por cierto el capitalismo promueve locamente: por ejemplo, me compro un ordenador pensando que el ordenador hará el trabajo por mí; me compro cuadernos con la idea de que al comprarlos ya los he rellenado con originales y profundas reflexiones, o me compro pastillas de acuarelas y creo que ya no es necesario el engorroso trámite de manchar el papel. Podría bautizarse con un nombre patafísico, como por ejemplo “La ilusión teleológica”, porque en eso consiste precisamente, en confundir medios y fines, pero yo me conformo con seguir comprando sin sentido mis cuadernos y mis pastillas. E imaginándome Delft como en los cuadros.
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