Amigos
Algunos de los pasajes más inspirados de las Éticas aristotélicas están dedicados a la amistad (“cuando existe la amistad, no hace falta la justicia”). Y eso que entre los griegos la propia idea (en general todo el léxico de las emociones) era ambigua, como se aprecia en las observaciones preliminares que hace Aristóteles al libro VIII de la que dedicó a su hijo Nicómaco. Al lector moderno no deja de sorprenderle la ligereza con la que se mezclan las vísceras con sentimientos exaltados de perfecto y puro espíritu, y no sabe a qué atenerse, porque las traducciones tampoco ayudan. ¿Es amor? ¿Hay roce? ¿Es amistad?¿Es Superman? El caso es que todos estos sentimientos estaban más o menos mezclados entonces, y lo siguen estando para nosotros, solo que a nosotros nos ayuda un vocabulario más rígido que moldea las categorías y los antojos de nuestra vil asadura.
Quizás hacemos mal ahora, con nuestra imaginario romántico y heterosexual a cuestas, al separar esa masa de confusos apegos. Lo que sí puedo confirmar es que la amistad resiste mal el paso del tiempo. Incluso el amor soporta mejor el desgaste (creo). No hace que pierda intensidad, sino sentido: aquello de lo que habla Aristóteles no es necesario, no cabe en un universo emocional saturado de otras servidumbres e incompatible con la negación de los compromisos (en el fondo, eso es la amistad). Pero lo que sucede es que uno va volviéndose menos liberal con los afectos y más escéptico de lo bueno, así que, conforme pasa la vida, vamos haciéndonos un ovillito y encogiéndonos hacia nuestros particulares, y todo lo demás nos molesta. La amistad es territorio de la juventud (también lo dice Aristóteles), donde proyectos y pasiones incondicionales y generosos son posibles, por lo que es natural que las urgencias de la realidad vayan alejándonos poco a poco de esos ideales pioneros. Es una lástima, porque
quoniam res humanae fragiles caducaeque sunt, semper aliqui anquirendi sunt, quos diligamus et a quibus diligamur; caritate enim benevolentiaque sublata omnis est e vita sublata iocunditas
Para los que tengan el latín tan oxidado como el mío, el texto de Cicerón dice (la traducción es mía; como los errores):
como los asuntos humanos son frágiles y caducos, siempre hemos de buscar a personas a las que queramos y por las que seamos queridos; pues suprimir el cariño y la benevolencia es suprimir toda la alegría de la vida.
Qué bien lo decía Cicerón, qué conocedor de nuestra frágil existencia. Y estoy de acuerdo en que la juventud se presta más a cierto tipo de amistad, más arrolladora y totalizante, quizás por eso mismo más caduca, pero estoy convencida de que hay otras formas de amistad “madura”, también muy necesaria, alimentada de afinidades y que nos enriquece mucho más (aunque tengamos que contribuir con pequeñas “muescas”).
(Espero no haber estropeado una entrada preciosa, que no necesitaba de muchos comentarios.)