La aventura, ah, la aventura

Los prejuicios dirigen nuestras vidas caprichosamente. Cuando estudiaba Bachillerato, un compañero de clase y yo establecimos, sin proponérnoslo, una irracional aunque incruenta rivalidad: nos convertimos de la noche a la mañana, no sé cómo ni por qué, así, sin mucho sentido, en valedores de egipcios (yo) y griegos (él). Éramos auténticos tifosi entregados a su pasión. Y así actuábamos, como representantes privilegiados de sus méritos respectivos. Bien porque toda apología exige un enemigo o bien porque era demasiado joven para apreciar sus seducciones, les cogí un poco de manía a los griegos (¡a los griegos!) hasta que, también por casualidad, me vi aherrojado a sus encantos.

El otro día pude ver una de las últimas entregas de Harry Potter (es un decir: había invitados en casa, y niños; muchos. Yo me acercaba a la tele, pero quia).

 

No he leído ningún volumen de la saga, pero creo que he visto todas las pelis. Le tengo algo de manía. No solo al actor, que también, sino al éxito mismo de la serie. Sé que actúo irracionalmente, como con el lejano filohelenismo de mi compañero. Reconozco todos sus méritos, la exuberancia de su fantasía, el happy end de la vida de la Rowling, todo, vamos. Es más, y de eso va este post, creo que Harry Potter encarna al héroe de la posmodernidad y Voldemort, a su enemigo escatológico, y tienen, como tales, un atractivo irresistible. Si hubiera nacido algunos años más tarde, seguro que sería un fan de los que se visten con capa en los estrenos, y comprendo a la gente que lo hace.

Pero soy de la generación de El Señor de los anillos, y aunque no me visto de Saruman para ir al cine, confieso que fue uno de esos libros, como dicen los suplementos, que te cambian la vida. A mí me la cambió, quizás porque lo leí cuando un libro puede hacerlo. Yo quería ser Gandalf, quería ser Aragorn y bajar a las minas de Moria y luchar con el balrog,

 

quería defender Minas Tirith de los Nazgul y salvar a la chica con la athelas, yo sí hubiera podido arrojar el anillo sin tener que esperar a que el Golum me arrancara un dedo. Por eso, cuando se estableció en los cines una especie de competición entre las dos sagas, yo tuve claro desde el principio cuál era mi lado.

Pero quizás me equivoqué, como con los griegos: el otro día, al intentar ver la película, sentí la emoción adolescente de ser un héroe y enfrentarte al Mal, y de que quizás tú eres el elegido para vencerlo, esa emoción que se siente cuando uno es joven y vive en las fantasías de libros mentecatos. Creo que nunca me han abandonado esas quimeras, y uno sigue esperando la oportunidad de demostrar que también sería capaz de derrotar a Voldemort y a su ejército de mortífagos. Quizás debería empezar a leer las novelas ahora (se las he comprado a mis sobrinas), pero me temo que ya es tarde.

1 comment
  1. isabel said:

    ¿Y si escribieras tu cuento acerca de la emoción de enfrentarte y vencer al Mal? O si lo prefieres acerca de los egipcios. O los griegos. También podría estar bien una aventura veraniega de niños casi adolescentes entre campos o playas. Lo que más te apetezca. Por favor.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.